CONCURSO DE RELATOS
"Sonó un portazo"
Autor: Severin / 2000
Modalidad: RELATO LARGO

Sonó un portazo. Eso es todo. Pero yo he salido de la casa y he huido de mí mismo. A Rosa la conocía desde hacía tiempo pues habíamos compartido estudios en el colegio y más tarde en el Instituto donde habíamos intimado. Luego nos alejamos y seguimos caminos distintos. Ella siguió estudios universitarios y yo fracasé con el negoció que heredé de mi padre y anduve dando tumbos de aquí para allá sin conseguir establecerme ni situarme en la vida. Hasta que un día nos volvimos a encontrar.

Creo que llovía. La vi sentada en una cafetería con una amiga y volví a apreciar en ella el encanto que siempre me sedujo: su pelo tupido y rizado, su piel morena, sus ojos verdes y su cuerpo lozano y prieto con unos pechitos pequeños, como a mí siempre me habían gustado, pero duros, inhiestos y pujantes. O sus muslos recios, sus pantorrillas prominentes, su culo firme y duro. Pero sobre todo volví a apreciar su dulce sonrisa, la magia de su mirada y el áurea de misterio que la envolvía y que la elevaba como una sílfide por encima del común.

Rosa me vio, me sonrió y me invitó a que me sentara con ella. De su amiga no ser dar más señas porque no reparé en ella: mis ojos sólo la veían a ella, a Rosa, y sólo podían mirarla a ella.

Pronto supo que no tenía trabajo, que vivía a malas penas en una pensión y que andaba buscando algo más fijo en lo que emplearme. Me ofreció su casa para vivir mientras me apañaba con algún trabajo. Y acepté de inmediato.

Nuestra vida fue armoniosa y cómplice pues pronto nos adaptamos y complementamos. Ella salía todas las mañanas a trabajar y yo a buscar el mío, aunque como era el que primero regresaba acordamos que yo me encargara de las tareas domésticas. En realidad no tenía porqué hacerlo, una asistenta venía todos los días y se encargaba de todas las faenas, pero no sé por qué me sentía molesto con aquella presencia extraña, me irritaba sobremanera que recogiera la ropa de Rosa, que la ordenara en sus armarios, que la lavara y tocara con sus manos profanas. Pronto conseguí su enemistad y me las apañé para hacerle la vida imposible, hasta que se marchó. Igual ocurrió con las que fueron viniendo a ocupar su puesto. Creo que me había enamorado de Rosa y tenía celos.

Un día me planteó el problema, me preguntó por qué causaba tantos sinsabores al servicio, porqué no las dejaba hacer su trabajo. Yo no sabía que contestar. En realidad si lo sabía o lo sospechaba pero no quería decírselo. Ella sonrió y me miró a los ojos. ¿A no ser que quieras ser tú la asistenta?.

Yo no sé por qué, de verdad, todavía me lo estoy preguntando, pero asentí a cabezazos. ¿La asistenta, su asistenta?, Por supuesto que sí, claro que quería servirla, ser yo en exclusiva su servicio sin que nadie más pudiera tocar sus cosas, las ropitas que la acariciaban y abrigaban, los zapatos que calzaba, las medias que la abrigaban, las braguitas y sostenes que la acariciaban, las sábanas que la cubrían mientras dormía.

Y acepté con todas las consecuencias.

Poco a poco Rosa se fue apoderando de mí voluntad sin ni siquiera proponérselo, sin dar una insinuación o una orden, un grito, un gesto. Yo me anticipaba a todos sus deseos como si ya los conociera, como si supiera de antemano que deseaba. Ella por su parte se dejaba hacer complacida, se dejaba servir por mí satisfecha y yo alcance un grado sublime de felicidad que no sabría explicar. Rosa incluso decidió un día cambiarme el nombre, decía que no le gustaba el mío, y comenzó a llamarme Ursula.

Otro día me comentó que no le gustaba como me vestía, que no me arreglaba lo suficiente y recogió todas mis ropas, las tiró a la basura y me compró otras a su gusto. Cuando regresó a casa me duchó, me vistió con las ropitas interiores que ella había elegido, me pintó los labios, los ojos, me maquilló con sus polvos, me rizó el pelo, me lo arregló y me colocó un corsé para que mis pechos aparecieran más preeminentes. Me miré en el espejo y sorpresivamente, me gusté.

Otro día vino a mi cuarto cargada de cajas y me obligó a colocarme frente al espejo, me desnudó y me colocó un delantalito blanco muy corto que apenas tapaba mi sexo y unos guantes blancos que me llagaban hasta el codo. Luego me inspeccionó, me dio la vuelta, tiró del delantalito para arriba, vio mi sexo excitado, mis nalgas desprotegidas, me las pellizco y dio el visto bueno. Yo no dije nada y me dejé hacer, pero me sentí complacido al mirar en el espejo mi desnudez bajo el delantal y los guantes. Luego me pinzó los pezones con los dedos y me dio un dulce beso en los labios que me supo a gloria.

Eso fue el inicio, el comienzo de mi nueva vida en su casa, con ella, sirviéndola, y comenzando a llamarla por propia iniciativa, señora.

Todavía me veo allí, mirándome en el espejo, dando vueltas ante ella, ruborizándome como una cría, y amándola, porque después de todo, aquella entrega era por amor. Yo la amaba, y la amo con toda la fuerza de mi alma. Sí, a ella, la persona que me había transformado y a la que adoraba, reverenciaba y me sometía con complacencia.

Y ahora que deambulo por estas calles sin saber dónde ir, sin querer aceptar mi situación, me doy cuenta de que con ella he alcanzado el mayor grado de libertad al poder entregarme a ella sin cortapisas ni miedos. Todavía me veo allí, ante ella, exhibiéndome ante sus ojos, dejándome acariciar por sus manos, excitándome con sus pellizcos en mis pezones, en mi culo, con sus palmadas y leves arañazos. Me veo y te veo allí contento y feliz como nunca lo habías sido en tu vida porque por fin habías encontrado el remando en el que aquietarte sin tener que despeñarte más en borbotón por la vida.

Y le dices que te sientes rara con aquellas ropas, pero tú sabes que mientes, que te ves muy mona, graciosa y coqueta para ella. Y si ella te quiere así que más da, aunque te sientas un poco rara.

- Sí, pero eso es ahora que no estás educada, algún día estarás más guapa que yo - te dijo, dándote una palmada en las nalgas.

Y te ha dicho también, ¿te acuerdas?, que te sientes en su sillón y estires las piernas. Y se ha entretenido rijosa en pintarte los labios sí, y también las uñas de carmín rosa, y se ha alejado luego para contemplar su obra y al verte ha sacudido la mano, se la ha llevado a la cabeza, y tú te has encogido de hombros y te has preguntado por el motivo.

- Mírate en el espejo.

Y miras en el espejo y te ves sentado en el sillón, con el corto delantalito y con las rodillas muy separadas.

- Una chica decente y bien educada no abre los muslos así y enseña su coñito, sino que cruza las piernas con discreción y recato.

Y tú te has mirado al espejo y sí, estabas un poco indecente y procaz, pero no te lo había advertido, no tenías costumbre, y no te había preocupado la postura pues estabais los dos solos en la habitación y no sabías qué tenías que hacer.

Y a partir de entonces faeno feliz y contenta por la casa desnuda con el minúsculo delantalito blanco redondeado que apenas tapa mi sexo, como su doncella particular, mientras usted leía el periódico, se pintaba las uñas y me miraba sonriente y complacida. Y era el ser más dichoso de la tierra al lavar sus ropas interiores, acariciarlas con devoción, cuidarlas, pues para mí eran sus reliquias, las prendas que la habían tocado y que habían estado junto a usted, incluso más tiempo que yo.

Pero un día que me sorprendió acariciándome mientras husmeaba y lamía sus bragas usadas, me prohibió tocarme para siempre y para evitar reincidencias, eso me dijo muy seria, procedió a anillarme, perforándome el sexo con una aguja hipodérmica, y colocándome una anilla que me impedía manosearme. Y yo fui el más feliz de los mortales.

Sin embargo la felicidad parece que cuando la alcanzas comienza a gastarse, como si su uso la gastara y pronto aparecieron nubes en el límpido cielo que nos cobijaba. Fue entonces cuando comencé a odiar a su amiga.

Su amiga sí, aquella con la que andaba en la cafetería el día de nuestro encuentro y que poco a poco, como de rondón, fue metiéndose en nuestra feliz convivencia, viniendo a visitarla, ofreciéndole estupendos regalos y animándola para que salieran juntas, mientras yo permanecía en casa con las labores domésticas. Un día incluso, le aprecié a usted una mancha de carmín en una camisa que no se correspondía con el suyo. Y la seguí en sucesivas tardes por la calle y vi como se encontraban en un hotel.

No quise saber más, me marché a casa y sobre sus sábanas lloré como una niña. Pero cuando usted regresó y consiguió que le confesara el motivo de mi llanto se puso muy sería y me planteó la cuestión en muy duros términos. Yo no debía meterme jamás en su vida y de no poder soportar su independencia podría marcharme pues ella no me retenía. Y era verdad, yo tenía la puerta abierta para marcharme cuando quisiera pero no quería. No podía estar sin su presencia y en su ausencia, sin sus ropas, sin las telas que la había acariciado y rozado su cuerpo. Necesitaba sus besos, sus caricias, sus pellizcos, sus palmadas en el culo cuando regresaba de la calle y veía que no me había esmerado en las labores de casa e incluso sus latigazos en mis nalgas, cuando miraba por la calle a otras mujeres. Necesitaba sentirme su esclava, saberme suyo, ser su particular posesión y no me había importado e incluso me agradaba sobremanera, que me castigará cada día más a menudo o me hiciera dormir a los pies de su cama, sobre la alfombra. O que me atara a una pata de la cama y me dejara allí para que reflexionara sobre mis atrevimiento, cuando intentaba acariciarle los pechitos pues para darle placer sólo podía utilizar mi torpe lengua, mis labios, pero nunca manosearla, tocarla, acariciarla. Sólo me permitía besarla y lamerla, lamerla y besarla, pero siempre con las manos atadas a la espalda. E incluso cuando me sorprendía oliendo sus bragas, lamiendo la tela que había acariciado su sexo, pues me tenía prohibido profanar mi cuerpo con mis manos y sólo me dejaba acariciarle los pies cuando se sentaba a leer algún libro o a ver la televisión.

Algunas veces y si me había esmerado, me premiaba vistiéndose con sus ropitas más coquetas y dejaba que me arrodillara entre sus muslos y le besara y acariciara con mis manos las braguitas, las medias, sus zapatos de alto tacón, su sostén, o sus corpiños, pero siempre rozando mis manos por las telas, sin apretar ni magrear, o besándolas y lamiéndolas someramente. Y por supuesto, jamás podía acercar mis manos a su piel, tocar su cuerpo, porque entonces estaba condenado a permanecer encerrado en el cuarto oscuro durante el tiempo que ella quisiera y castigado más que a estar a oscuras tendido sobre una alfombra, a no verla que era el mayor castigo que se me ponía imponer.

Así anduvimos entre la felicidad y el sufrimiento gozoso, yo dando y ella recibiendo; yo gozando sufriendo para ella y ella gozando al recibir mi sufrimiento gozoso, pues nuestra relación era de ida y vuelta. Ella sentía placer al ver mi sufrimiento por ella y yo me sentía dichoso al verla a ella gozar al verme sufrir por ella.

Sin embargo aparecieron las nubes en nuestra relación, la presencia profana de aquella amiga que por lo que pude ir averiguando gozaba de un lugar privilegiado en la relación con mi señora. Sí, poco a poco fue comprendiendo que yo iba adquiriendo un papel secundario en aquella obra. Y lloraba de pena y desdicha, vaya que si lloraba, mientras me restregaba por las sábanas en las que ella había dormido como queriendo penetrar en ella, estar en ella, ser ella.

Ahora poco me importa aquello y daría cualquier cosas por volver a su lado, pero mientras camino entre estas gentes sin rostro me veo en aquellos momentos y soy dichoso al recordarlo. Sí, te veo allí, esperando a que ella regrese para abrazarte a sus pies, quitarle los zapatos, lamer sus pies bajo las medias con costura, subir por sus cernes pantorrillas hasta llegar a su braguita y lamerla a ella, su sexo, a través de la tela. Y también oyendo sus malas noticias mientras te abrazas a sus muslos y acomodas tu cabeza en su regazo, sobre su braga.

Y sí, ha decidido que nos marcháramos a la casa de la playa. Y yo he asentido y le he llevado las bolsas a la estación y allí ha sacado dos billetes. Uno de primera para usted y uno de segunda para mí. Luego le he colocado las maletas en el portaequipajes de su asiento, usted se ha sentado y ha cruzado los muslos para mostrárselos a los vecinos de viaje. Y me ha susurrado al oído que bajo la gabardina va completamente desnuda, y me ha ordenado que me marchara a mi asiento de segunda y que me presentara ante usted cada diez minutos. Un retraso de un minuto significaría cincuenta azotes en mi culo. Y me he reconcomido de celos al saber lo que iba a ofrecer a sus vecinos de asiento durante el viaje y lo que me iba a privar a mí. ¡Habrá más pena que esa, señora!.

En la playa le he vuelto a llevar las bolsas a un taxi, he viajado delante y las he bajado en el destino. He abierto luego la casa, me he desnudado, me he puesto mi uniforme de doncella, y me he presentado ante usted, señora, para recibir mi orden del día. Ha llamado usted por teléfono a no sé quién, la he vestido luego y ha salido a la calle. Yo me he quedado realizando las labores de casa. Y cuando usted ha vuelto a las tres horas he visto desde la cocina que la acompañaba Arantxa, su odiosa amiga.

Se han sentado en el sofá del salón y me ha llamado con una campanilla. Mi vergüenza ha sido mayúscula cuando me he presentado ante usted y Arantxa ha comenzado a reírse al ver mi indumentaria. "Sírvenos el café", me ha ordenado. Y yo he salido avergonzado. Cuando he regresado al salón me ha hecho usted arrodillar y mantener la bandeja con mis manos ante ustedes mientras se tomaban el café y las pastas. Arantxa no dejaba de mirarme y de cuchichear con usted, mientras se reían y ella levantaba mi delantalito blanco para poder ver mi pene aprisionado por las anillas del cinturón de castidad.

Luego ha puesto usted a su amiga a cuatro patas con el culo en pompa frente a mí, me ha llevado usted la cabeza a sus nalgas y me ha ordenado que las besara y lamiera. Y la he obedecido mientras usted, por detrás, me azotaba el culo con el látigo que tanto nos une. Y cuando ha visto que su amiga ya andaba excitada, me ha apartado y se ha echado sobre ella para amarla. Y yo de rodillas las he contemplado, dolorido y celoso sí, pero extrañamente excitado.

Y cuando han terminado les he limpiado a las dos la excitación de sus sexos con mi lengua, y han salido luego a la playa. He llevado las toallas y las sillas, se las he colocado sobre la arena y siguiendo sus instrucciones me he marchado a unos metros de distancia. Desde allí me he reconcomido de celos cuando usted le ha ofrecido el tarro del bronceador a una desconocida y ella le ha untado la crema, y le ha frotado y acariciado todo el cuerpo, incluidos los pechitos que yo jamás he tocado ni tocaré. Y mientras ella le refregaba todo el cuerpo, usted miraba mi sexo excitado y anillado y mis muslos trémulos.

Y cuando a mediodía la playa ha quedado desierta me ha obligado usted a cavar un profundo pozo, me ha metido en él, lo han rellenado y sólo han dejado visible mi cuello y mi cabeza entre la arena. Hacía calor y pronto he comenzado a sudar mientras usted y Arantxa se refrescaban en la orilla a escasos metros de mí, me miraban y me echaban agua por la cara para refrescarme. "¿Tienes calor mi amor?", me ha preguntado usted luego. Yo he asentido y entonces, y por turnos, se han acuclillado frente a mi cara, se han abierto los labios con los dedos y las he bebido a las dos a gallete, me he atragantado y saciado con el fluido amarillo que han dejado caer sobre mi boca abierta.

Luego se han ido a bañarse y yo me he quedado allí al sol, con mi cara libre de arena sí, pero relamiéndome con las últimas gotitas que han quedado en mis labios.

- ¿Cual de las dos está más salada? -me ha preguntado luego mientras volvíamos al pueblo.

Sí, así anduviste, entre el amor hacia ella y el odio a su amiga. Y un día, como otro cualquiera, te levantas de la alfombra de su cama donde has pasado la noche oyendo y sufriendo con las jadeos de ella y su amiga al amarse ante ti descaradamente, porque además ahora también has de cuidarte de Rosa, su amada, y has de prestarle la atención debida a su amante. Y buscas en su armario y le preparas unas bragas, unas medias, un sostén, y los dejas con cuidado ordenados y preparados sobre la cama. Luego la has despertado lamiéndole el ojal de sus nalgas, como todos los días, y ella se revuelve y te mira risueña y satisfecha. Y tú la apartas de los brazos de su amiga y la coges en brazos y te la llevas al cuarto de baño donde la sumerges con cuidado en el agua caliente. Y te esmeras con el guante de tela repartiendo el jabón por su atezada piel, por sus promontorios, valles y hondonadas; miras absorto como cae el agua por ellos como manantial salvaje, cómo salta en torrente por sus pechitos, cae en torbellino sobre sus muslos y corre alborotada entre sus piernas.

Y has de vestirla. Y la secas, la llevas en brazos dormitorio, y le colocas arrobado las medias, las bragas, el sostén, la falda plisada y corta, la camisa blanca y las sandalias de tacón sin contreras que dejan a la vista sus pies. Ella se deja vestir complacida e indolente, mientras su amiga te mira sonriendo entre las sábanas. Luego la maquillas meticuloso, le pintas las uñas de las manos y de los pies o le cepillas el pelo mimoso. Para ti la amiga ya no existe y ahora sólo la ves a ella campante ante ti, sobre ti, en su dignidad majestuosa.

Ella se ha levantado luego, se ha mirado en el espejo y satisfecha con tu labor, se ha dispuesto a desayunar. Y tú le has preparado el desayuno, se lo has servido en una bandeja y has permanecido desnuda bajo el delantalito mirándola y atento a sus apetencias.

- Gracias, está todo muy bueno, - te ha felicitado mientras se levantaba y se iba hacia la puerta de su cuarto.

Y la ves caminar sensual por el pasillo, moviendo el culo bajo la corta minifalda plisada, adelantando firme sus muslos y repicando a misa con el taconeo de sus zapatos. Y al verla caminar altiva, bella, ergullida, campante en su dignidad y alteza, te has sentido de pronto asqueado de ti mismo y despreciable, pero no por estar sojuzgado por ella, sino porque te place como una cabrona el tópico de la sumisión, que hasta en eso eres vulgar y clásica, tía.

Luego te ha llamado, la has seguido y la has acompañado a la cocina. Y sí, has de prepararle también el desayuno a su amiga. Y has entrado luego en la habitación con la bandeja y se lo has servido en la cama. Rosa se ha sentado en la cama, le ha ofrecido las tostadas a su amada como si fuera un pajarito, mientras las dos se reían y tú, entretanto, has cumplido sus ordenes y has salido a recoger los trastos de la limpieza, el limpia polvo, el trapo, el cubo, y la bayeta.

Y cuando has regresado, has visto complacido que su amiga ya se ha marchado y que tú amada está sola. Y te has esmerado limpiando los enseres de su cuarto, barriendo y fregando el suelo a rastras con la bayeta y el cubo, y de soslayo la has visto sentada en el sillón, alta de agujas, y pintándose las uñas. Ella te mira complacida y campante, te sonríe, y tú vuelves a esmerarte en la limpieza. De vez en vez levantas la cabeza, la miras en escorzo y la ves allí arreglándose las uñas, pero vigilando tu faena. Y te relames en el bello pero duro perfil de su rostro, en sus pujantes pechitos, y en sus robustos muslos, en sus vigorosas pantorrillas, y en el talón y el empeine del pie que te muestra maliciosa.

Y una vez concluida la faena, te postras entre sus muslos de nuevo para esperar el visto bueno, la conformidad a tu tarea. Ella se ha levantado y la ha inspeccionado.

- No está mal, pero a partir de ahora te has de esmerar cada día más para agradarme, - te ha dicho mientras pasaba un dedo por encima de la mesa y comprobaba la pulcritud de tu celo.

Y tú asientes y callas, feliz y contento, porque por fin estás a solas con ella. Y te baja la cabeza a sus muslos, coloca las manos en tu nuca y te empuja de bruces contra su sexo. Y mientras lo lames, chupeteas, besas y te embebes de su humedad, notas detrás de ti un extraño trasiego, unas manos que te abren los glúteos, y algo duro que hurga en el ojal de tu culo. Y quieres volverte pero no puedes: Amalia te aprieta y atrapa fuerte las mejillas con los muslos y no te deja sacar la cabeza, y sientes como aquella dureza consistente te penetra y te abre, y avanza en tu interior desgarrándote, y te embiste y te folla el culo mientras que una mano te acaricia por debajo y te la coge dura y erecta; y tu te embriagas del aroma del coño de Amalia, y sí, será Arantxa que se ha colocado un consolador de esos que se ciñen a la cintura, y sí, debe de ser ella invitada por Amalia; y tu polla se estira y estira, y tu culo se abre y abre, y Amalia te pellizca y te retuerce los pezones y atrapa todavía más tus mejillas con sus fornidos muslos, y Arantxa sigue embistiéndote con su falo duro, cálido, y tú te abres y sacas más el culo para ayudarla; pero de pronto te das cuenta de que lo que te penetra está caliente sí y entonces no puede ser Arantxa, ¿o sí?, y los muslos de Amalia te aprisionan más la cara y no puedes volverte para mirar y el aroma de su coño te embriaga y tu culo se abre y la desconocida mano sigue acariciándote la polla y Amalia te aprieta más la cara contra su coño y su vientre sube y baja y se estremece y se corre sobre tu cara rociándotela mientras la mano acelera la caricia sobre tu polla y tú también, por fín, te corres glutinoso, caliente y en borbollón sobre el suelo. Y, ¿Dios mío era Arantxa o no era Arantxa?, sí, era ella, no podía ser otra, u otro, pero cuando Amalia te suelta de su presa, te vuelves y no ves a nadie en la habitación. Estais los dos solos.

- ¿Quién era, quién era? -le preguntas a Amalia azorado.

- Nunca lo sabrás.

- ¿Pero era hombre o mujer?.

- Nunca lo sabrás.

- Por favor Amalia, dime que era Arantxa.

- Nunca lo podrás averiguar.

- Por favor, te lo suplico, miénteme, dime que era Arantxa, por favor, Amalia, miénteme al menos.

- Nunca lo sabrás.

Y me levanté y di el portazo. Para mí ahora todo esto podría ser poco normal, pero comprensible; lo que no es inadmisible bajo el punto de vista del común es que yo antes de encontrarla en aquella cafetería, era un hombre. O al menos eso creía y creían todos. Y lo que es más inquietante: Después de irme a vivir con ella a su casa, fui su marido pues nos casamos a los pocos meses de convivencia.

Y lo que es más doloroso, ¿dónde voy a encontrar yo ahora a una mujer como ella?.

Relato "Sonó un portazo" presentado a concurso por Severin.