CONCURSO DE RELATOS
"La Educación"
Autor: Sver Lenoir/ 2000
Modalidad: RELATO CORTO

"La Educación "
- Para María H. -

- Un hombre debe estar de rodillas ante una Mujer. Así es como debe ser, sometido a ella, obligado a obedecerla y complacerla, a servirla. Nuestra superioridad sobre vosotros no admite ninguna cuestión; os falta la astucia y la malicia que nosotras poseemos, la habilidad para todas las cosas que vosotros apenas compensáis con una fuerza que de nada os puede servir ante nosotras. Mírate ahora, cariño: estás en el suelo con las manos atadas, estás de rodillas a mis pies y no he necesitado más que un par de gritos para someterte...

María sostenía el cigarrillo en su mano y daba caladas breves entre frase y frase. Hablaba sin mirarme, seria, apoyando su espalda en el marco de la puerta. Guardó silencio y la vi morderse suavemente los labios, apartó el pelo de su cara y sus ojos grises se clavaron en los míos. Suspiró un segundo y continuó.

- Lo que me has hecho no tiene disculpa y lo sabes. Tan solo puede tener castigo.

- Perdóname, María... yo...

Su mano se lanzó sobre mi mejilla y la golpeó con la palma abierta, cortando mis palabras. El estruendo de la bofetada se escuchó en toda la sala.

- Cállate... me has ignorado mucho tiempo, he sido demasiado paciente contigo. No te has dignado a responder a mis llamadas y aún me has despreciado... en cambio me ha bastado insinuarme ante ti para que vinieras... ¿cómo crees que le hace sentir eso a una Mujer... ?... ¿esperabas divertirte conmigo... ?... apuesto a que cuando me has visto acariciar esas esposas que ahora llevas aún te has excitado más... y mírate ahora; no he tenido que hacer más que ponértelas y ordenarte que te arrodillaras... ¿véis lo que sois los hombres?... una Mujer puede ganaros o perderos con caricias, pero bastan un par de tortas para poneros en vuestro lugar... y yo te aseguro que hoy voy a colocarte en el tuyo.

Tragué saliva. María detectó el miedo en mi cara y pude comprobar cómo eso la excitaba. Se inclinó ante mí y acercó el cigarro encendido a mi piel, aproximando su cabeza roja a mi pecho, mirándome a los ojos mientras el calor se concentraba ante mis pezones endurecidos y el humo se cruzaba en nuestra mirada. Sin llegar a aplicarlo a mi piel, María se entretuvo en amenazarme paseándolo por mi pecho, sosteniéndolo por el filtro con las yemas de los dedos sobre mi sexo, haciéndome ver que podía dejarlo caer y quemarme.

- ¿Tienes miedo... ?.

Se separó de mí radiante, orgullosa. Apagó el cigarro en un cenicero de cristal y se desnudó ante mis ojos. Dejó caer su vestido y descubrió su cuerpo blando, suave, sus curvas dulces y grandes. Arrugado a sus pies, el vestido brillaba rodeando sus zapatos de tacón. Las manos de María jugaron a guiar mis ojos en el recorrido de su piel, las caderas anchas y su vello oscuro asomando sobre el tanga negro, su vientre ondulado, su ombligo y sus grandes pechos. Su sonrisa mostraba la satisfacción que sentía al exhibirse ante mí...

Aparté las manos encadenadas y le mostré mi sexo como una súplica, como rogando que se contentara con excitarme y dejarme inmóvil a sus pies, creyendo que mi castigo no iba a ser mayor que el de verla y no poderla disfrutar de otro modo. María ardió de orgullo al verme rendido y entonces desató su venganza.

- ¿Es que ahora te gusto... ? Vaya... pobrecito chico. Si quieres disfrutarme tendrá que ser a mis órdenes, deberás obedecerme... si te da miedo puedes irte... pero si permaneces tendrás que aceptar tu castigo.

- Lo aceptaré, María... haré lo que tú me digas...

Las palabras me salieron sin pensar, el deseo de seguir allá sometido pudo sobre cualquier otra cosa en mi interior. María se acercó a mí de nuevo y adelantó su pie. Lo posó sobre mi pecho forzándome a doblarme hacia atrás, hundiendo su tacón en mi costado. Dirigió el pie hacia abajo, y temí lo que deseaba. La puntera dejaba un surco en mi piel según descendía por el vientre, y pronto el zapato entero se apoyó sobre mi sexo. María lo mantuvo ligeramente separado un instante, lo justo para verme asustado a sus pies, y entonces oprimió con fuerza. María pisó mi pene empujando su zapato contra mí, moviendo la suela contra mi piel sin parar. Me empujó al suelo y caí de espaldas ante ella retorciéndome de dolor. Mi pene seguía erecto y eso la animó a castigarlo de nuevo, plantando el zapato una vez más entre mis muslos mientras me ordenaba abrir las piernas y no gimotear. María aplastó mi pene contra el vientre y comenzó a sacudirlo, a deslizar su planta arriba y abajo mientras el tacón rozaba mis testículos. Yo notaba el placer creciendo y ella continuaba su operación, la veía desde el suelo sobre mí, sus pechos rebotando con el movimiento, su mirada clavándome en el suelo... eyaculé bajo su tacón y dejé escapar un gemido intentando pronunciar su nombre. Ella apenas se movió, detuvo su pie y lo retiró de mi cuerpo.

- Levántate. Deprisa.

Me incorporé como pude y llevé mis manos hasta mi sexo dolorido, enrojecido. María me ordenó que la siguiera y yo lo hice a lo largo del corredor con la mirada fija en sus nalgas grandes y blancas que vibraban a cada paso. Experimenté una nueva erección que devolvió el dolor a mi cuerpo y ella entró en una habitación. Se volvió hacia mí señalando un arcón en el suelo.

- Ahí, vamos.

Me hizo tumbarme boca abajo sobre él de modo que mi cuerpo quedaba ondulado, mi cabeza en el aire y mis pies apoyados en el suelo. María abrió un armario y extrajo una funda de tela. Elevando la cara pude ver cómo la abría y sacaba una suerte de correa recia y trenzada que tomó con ambas manos.

- Así aprenderás a tratar a una Mujer...

Se colocó a mi espalda y pude escuchar el silbido de la correa en el aire. Cerré los ojos al adivinar su intención y apenas pasó un instante cuando María la lanzó contra mis nalgas con toda su fuerza. El estallido me hizo estremecer y lancé un grito de dolor. María me impuso una serie de azotes violentos, descargando su crueldad sobre mi cuerpo hasta que casi no pude respirar; cada golpe caía con más fuerza sobre mí hasta que pude contar doce y ella se detuvo.

- ¿Esto te gusta, cariño?.

El tono irónico de sus palabras me excitó tanto que abandoné la posición a que me había conducido y comencé a caminar de rodillas hacia ella. Me lancé sobre sus zapatos y los cubrí de besos, suplicándole para que no me dejara así, rogándole que me perdonara, ofreciéndole mi cuerpo para cuanto ella quisiera... María se rió y me abofeteó de nuevo.

- Escucha, querido... me gustas mucho más como prisionero... no esperes de mí nada más que esto... ya es tarde para ti... ahora no sirves para nada más que para estar de rodillas... ¿comprendido?.

Yo asentí y ella se sonrió de nuevo. Me agarró una vez más y me condujo hasta el salón. Allí tomó una cadena y la pasó sobre la barra de metal que sostenía sus cortinas. Las descorrió y me colocó allí, atado a la vista de cualquiera que pudiera verme.

- Ahora debo irme. Tranquilo... tan sólo estaré un par de horas fuera, tiempo de sobra para que medites sobre esto, cariño. Cuando vuelva te quiero bien dispuesto para servirme... esta noche vas a comenzar tu educación a manos de una Mujer... ¿no te encanta?.

Y apenas dijo aquello tomó su vestido del suelo y se lo puso de nuevo. Salió de la casa dando un portazo y dejándome allá, desnudo y humillado ante la ventana, deseando que el tiempo volara para ser puesto a sus pies otra vez.

Relato "La Educación" presentado a concurso por Sver Lenoir.