CONCURSO DE RELATOS
"La Institución"
Autor: Nemesis/ 2000
Modalidad: RELATO LARGO

Algunos recuerdos guardan ese sabor extraño entre lo irreal y lo vivido, es sin duda difícil el discernimiento del umbral entre lo real y lo fantástico en aquel lugar donde las experiencias se mezclan con lo deseado y forman una dulce nebulosa de recuerdos y sensaciones.

Thomas R. apenas rondaba los catorce y su constitución delgada y nerviosa, encajaba bien con ese flequillo rubio y la cara de pillastre que correteaba entre bromas y empujones por los pasillos del antiguo y prestigioso Colegio en el que estudiaba. Era una tradición familiar pues su padre ya había estudiado en el mismo lugar que regentaba una Orden Religiosa Católica.

Como todos los muchachos de su edad, adornaba sus piernas con algunas pequeñas heridas y moraduras que eran bien visibles gracias a los pantalones cortos del uniforme azul marino y burdeos que todos los alumnos debían vestir.

Era una suerte para él vivir en la pequeña ciudad donde estaba edificado el colegio pues eso le permitía ir a casa a comer y no estaba sujeto a las reglas de internado que sus compañeros menos agraciados debían cumplir, nunca entró en las habitaciones de los internos pero se intuía una dura vida y las instalaciones de ducha común, a las que sí se había asomado, no eran demasiado atractivas comparadas con la calidez del hogar materno.

Como todas las instituciones que se precien, el St. Holster. Era de unas proporciones desmesuradas, contaba con cine, polideportivo, pistas de atletismo, biblioteca, museo de ciencias y una enfermería que, como el resto de las dependencias estaba a cargo de un fraile de la Orden, al que se le suponían ciertos conocimientos médicos.

El hermano enfermero era en realidad uno de los más afables y simpáticos de todos, tal vez por su edad algo más avanzada o quizás por no estar dedicado a la docencia como sus compañeros, siempre estaba dispuesto para una cura de las frecuentes caídas en el patio o para tratar las indigestiones de chucherías de los más tragones, desde aquella sala retirada y blanquecina que estaba al final del pasillo de los sótanos del ala oeste del edificio, junto a las cocheras y almacenes de alimentos.

Bajar a la enfermería no era cosa de cobardes, el sonido bullicioso de los niños se perdían en la lejanía y se tornaban resonantes los pasos a medida que uno avanzaba por aquel largo y solitario pasillo de los sótanos, hasta llegar a una puerta blanca con los cristales traslúcidos y una enorme cruz roja pintada en el centro de uno de ellos. Una vez dentro, el aspecto de la sala contribuía bien a aumentar la desazón del visitante pues desde el centro vigilaba amenazadora una aparatosa mesa de curas de principios de siglo, cubierta por una limpia sabana blanca y como decorado ideal se hallaban rodeando a la mesa unos armarios de cristal que contenían toda serie de instrumentos quirúrgicos de aspecto terrible y algunas mesillas portátiles con bandejas cromadas, gomas de látex y gasas.

Pero la sensación de miedo y el fuerte olor a formol dejaban de ser un estorbo cuando el agradable enfermero tranquilizaba al alumno con su serenidad y cariño, si bien corría el rumor de que era aficionado en exceso a las caricias algo más que terapéuticas, eso no parecía ser un fuerte inconveniente al desarrollo de sus labores.

Por aquel entonces, durante los inviernos, se organizaban campañas de beneficencia en el Colegio y los niños que lo deseaban almorzaban en la institución un bocadillo a cambio de una limosna que era destinada a los pobres.

Thomas y su pandilla acudieron al acto como casi todos, pero en lugar de comer el bocadillo, se escaparon a la parte antigua de la ciudad donde con el dinero que estaba destinado a la caridad, cogieron tremenda cogorza que Thomas arrastro hasta el patio del Colegio, donde fue recogido por las mujeres que limpiaban las instalaciones y llevado a la enfermería para ser atendido.

El hermano enfermero bajó al poco rato hallándolo encogido sobre la mesa y tiritando de frío, su voz sonaba serena y cálida pero con cierto aire de reproche mientras preparaba una cucharada de jarabe para el mareo.

Luego lo incorporó apoyándolo sobre su torso y le despojó de la parte superior de la ropa para dar unas friegas de alcohol y reactivar la circulación, el muchacho mientras contemplaba mareado sobre su hombro como la sala daba vueltas y más vueltas sorteada de alicates, pinzas cromadas y pequeñas cuchillas que le amenazabas desde las estanterías.

Acto seguido lo volvió a recostar y aflojó el cinturón para frotar el abdomen y volteándolo descubrió un poco las nalgas y las frotó con energía.

Para Thomas la situación era algo embarazosa pero los efectos de la bebida le provocaban extrañas y contradictorias sensaciones, tenía vergüenza pero estaba a gusto y excitado al tiempo que el entorno le resultaba atrayente por el miedo al dolor que sugería tanto instrumento.

Mientras reflexionaba en su mareado mundo, el enfermero acercó una mesilla con un calefactor y la orientó hacia el muchacho, se alejó hacia un cajón, lo abrió y revolviendo extrajo una cajita de madera que introdujo en el bolsillo de la bata, y luego de una estantería un tarrito de cristal que acercó a la mesilla.

Date la vuelta y levanta el trasero. Le dijo a Thomas mientras le ayudaba sujetándolo con suavidad por la cintura.

El muchacho se giró y mientras el enfermero deslizaba su ropa completamente hasta dejar su trasero al aire, se levantó sobre sus rodillas e inclinó la cintura hacia delante dejando las nalgas bien altas.

Mientras, el hermano tomaba el tarro he introducía un dedo que extrajo envuelto en vaselina diciendo... Te voy a poner un supositorio de nuestra botica, pero es algo grande y está seco y duro, vamos a untar esto para que no te duela al entrar. Y acto seguido apoyó en el ano del joven el dedo frío y lo empujó con suavidad hasta dejarlo completamente dentro, Thomas gimió ligeramente al tiempo que movía un poco el cuerpo a ambos lados contrayendo y distendiendo ligeramente el ano.

El enfermero saco y metió el dedo varias veces y lo extrajo del todo, luego, abriendo la cajita, saco y coloco el enorme supositorio en la entrada, empujándolo con decisión, lo introdujo hasta el fondo provocando en el chico un gutural quejido.

Dando una palmada en las nalgas le ordenó que se echara y descansara un poco mientras hacía efecto el medicamento. Duerme un rato, dijo, que yo vendré en una hora a ver como te encuentras. Y salió por la puerta echando la llave.

Durante ese rato, Thomas experimento una fuerte erección recordando lo ocurrido y observando el provocador entorno, el olor a medicinas y formol contribuía a esa sensación entre excitante y amenazadora.

Al cabo de una hora oyó pasos en el pasillo y se abrió la puerta, apareciendo de nuevo el enfermero en la sala, para entonces ya habían circulado por su mente cientos de fantasías eróticas y todavía presentaba una considerable erección que no tardó en ser observada con disimulo por el fraile.

Veo que estas algo mejor, debería darte vergüenza comportarte así, y bien merecerías una buena azotaina como escarmiento ¿no te parece?, dijo, mientras recogía el calefactor.

Thomas se revolvió y con infantil gesto agacho la cabeza mimoso al tiempo que musitaba un SI de aprobación.

Tal vez debería ponerlo en conocimiento del hermano Braun. Que se ocupa a menudo de disciplinar a los internos, deberías seguir una disciplina más estricta y adecuada a tu comportamiento, más propio de una chiquilla que de un muchacho como tu.

Thomas entonces cubrió con ambas manos las nalgas y sin mirar a su interlocutor replico con sumisón... Pero dicen los otros niños que el hermano Braun usa para la disciplina una vara que duele mucho. Inventó.

El interpelado se giró con sorpresa y carraspeando con voz ronca respondió:

Sí, pero es lo único que entiendes bien ¿has sido azotado antes?.

Sí, mintió en el internado del Norte, el verano pasado, usaban las normas y la vara de conducta a diario.

¿Y esas normas?. Preguntó el enfermero, ¿en que consisten?.

Thomas estaba muy excitado y era consciente de que si continuaba con su invención, lograría que le propinaran una severa azotaina con la vara, eso le producía una sensación muy extraña, entre el miedo, morbo y placer más profundo, por lo que se decidió a fantasear diciendo... Las normas que teníamos de disciplina se referian a la forma de recibir el castigo, la postura, el lugar de los azotes, y la manera de ofrecer la vara al tutor.

Vaya, vaya, y lo hechas de menos.

No sé, .... disimuló mientras miraba al suelo y ponía cara de no haber roto nunca un plato.. tal vez un poco, quizás es mejor para mi y me lo merezco contesto M. en voz baja.

Veamos si es efectivo, Vístete, ve a tu clase que yo hablaré con el hermano B.

M. salió de la enfermería y se encaminó por el pasillo dirigiéndose a su clesa y preguntandose si tal vez no se habria equivocado, y pagaría su fantasía demasiado caro, pues el Hermano B. Tenía fama de ser muy severo con los mayores, que es a quienes daba clase y ahora el había provocado una situación que resultaría muy golosa para una persona aficionada a tratar con dureza a los alumnos.

Pasaron unas horas y a través de el cristal de la puerta de su clase vio asomar el severo gesto del hermano B.; su corazón se puso a palpitar con fuerza y esperó nervioso los acontecimientos.

El hermano entró y hablo en voz baja con el profesor, ambos miraron hacia T. y el profesor le indicó que acompañara al hermano, T. se levantó y le acompaño fuera.

Una vez en el pasillo este le dijo a T... Estoy al corriente de lo que hiciste esta mañana, y también se por el hermano F. Que reconoces tu culpa y que sabes que mereces un castigo ejemplar, he sido informado por otro lado de que conoces unas normas disciplinarias que pretendo que cumplas, por lo tanto has de ir a mi despacho, prepararte, y esperar a que termine mi clase para recibir tu merecido... T. escuchaba con la cabeza baja , las manos a la espalda y torciendo hacia dentro un poco las puntas de los pies, consciente de que actitud provocaba aún más a su castigador y asintió con la cabeza mientas se volvía y dirigía a la parte del colegio donde estaban los despachos de los hermanos, junto a sus dormitorios.

Cuando abrió la puerta del antiguo despacho, el olor a madera vieja, cuero y barniz excito más su imaginación. Al fondo, sobre la mesa de roble, rodeada de plumines, cuartillas y sobres, quedaba iluminada por la tenue luz que se filtraba salpicada de millones de motitas de polvo una larga y fina vara de bambú.

T. se aproximó despacio y con el corazón en vilo tomó el duro intrumento en las manos y sopesándolo lo blandió asombrándose de su flexibilidad y del agudo sonido que provocaba en el aire, esto le produjo algo de miedo y mucha curiosidad por sentir en sus nalgas el mordisco de la vara.

Al tiempo, ya se había preparado y llevaba un buen rato completamente desnudo sobre la mesa, en la posición requerida, cuando oyó pasos y entró el hermano B. que contemplo atónito el espectáculo, T. permanecía arrodillado con los brazos muy estirados hacia delante, la espalda exageradamente arqueada y las piernas juntas y rectas elevando así notablemente las nalgas y dejando a la vista el rosado orificio del ano.

En equilibrio sobre las plantas de los pies tenía la larga y fina vara de bambú, que al oir aproximarse a su verdugo, doblando y levantando hacia ariba las piernas ofreció a su castigador sumisamente y este sorprendido y excitado la tomo con suavidad .T. volvió a acomodar los pies sobre la mesa cruzando uno sobre otro al tiempo que ofrecía aun más el trasero y abrió y cerro lentamente el ano de placer.

El hermano blandió la vara e introduciendo un dedo en el ano lo dobló hacia dentro y apoyo el pulgar en la columna parta forzar la postura y evitar que se moviera, levanto la vara y propinó un fortísimo y lacerante varazo que cruzo de lado a la lado las jóvenes y blancas nalgas del muchacho, quien contrayendo el ano con fuerza profirió un fuerte resoplido mientras las lagrimas se escurrían de los párpados, pero no se movió ni un centímetro.

Continuará... Si queréis. Un saludo.

Relato "La Institución" presentado a concurso por Nemesis.