CONCURSO DE RELATOS
"Después de Soñar"
Autor: Serpiente Elias/2000
Modalidad: RELATO CORTO

Había pasado toda la juventud soñando. Soñando con el dolor, la humillación, las ataduras. Lo que para otros era fuente de sufrimiento para mí lo era de excitación y placer. Pero sólo en mis sueños. La fantasía me desbordaba sin que nada llegara a concretarse en la realidad.

Poco a poco me fui iniciando, yo solo. Me ataba yo mismo, como podía. A veces perdía un poco el control y luego pasaba verdaderos apuros para liberarme de nuevo, pero sólo así se aprende.

Poco a poco me fui atreviendo a más. Llenaba mi cuerpo de pinzas, sobre todo sus partes más sensibles, y me entretenía jugando con ellas, retorciéndolas, estirándolas, estremeciéndome con cada nueva sensación.

Cubrí mi sexo y mis pezones de cera derretida, dejándola caer, viciosamente, desde la menor distancia posible para, al final, apagar la vela de un golpe seco sobre la piel desnuda. Así me inicié en el placer del más intenso masoquismo, pero todo seguían siendo sueños solitarios.

Faltaba en todo esto el valor profundo de la verdadera sumisión, de la entrega a otra persona. Soñaba, en mis instantes de máximo dolor, que era una mujer, mi ama, la que me infligía castigos y humillaciones como muestra de amor. En definitiva, como cualquier persona, tenía sueños de amor.

Un día, por casualidad, descubrí la profunda diferencia entre los sueños y la realidad, y la satisfacción de ver, al fin, cumplidos los deseos. Como suele ocurrir en estos casos, nos conocimos por casualidad. Los dos teníamos necesidades complementarias.

De alguna manera, ella supo adivinar lo que ocurría en mi interior. Tal vez se fijo en que, a diferencia de otros hombres, yo no me fijé automáticamente en su culo o en sus tetas, sino que clavé mi mirada, no podía evitarlo, en sus pies.

Llevaba unas preciosas botas altas de cuero negro, muy brillantes y de tacón muy alto. Harto de sueños, me sinceré con ella (a fin de cuentas, apenas la conocía). Para mi sorpresa, ella se mostró receptiva y poco después llegábamos a su casa.

Era un piso bonito y, sobre todo, bien equipado. Para ella el sadomasoquismo era una forma de vida y eso podía verse en la decoración de su dormitorio, una maravillosa cámara de tortura que podría satisfacer las fantasías más ocultas de una persona como yo.

No se anduvo con preámbulos. Sin darme tiempo apenas a aclimatarme, me empujó sobre un cepo y allí me inmovilizó completamente en cuestión de segundos. La forma del aparato me obligaba a mantener una incómoda postura, con los pies fijos al suelo y las manos y la cabeza juntas, haciéndome doblar la espalda hacia adelante en ángulo recto.

En pocos minutos empece a sentir dolores. El cepo era sólido y resultaba imposible escapar, pero para mayor seguridad se entretuvo atándome muñecas, codos, cintura, rodillas y tobillos con cuerdas y correas que apretó con fuerza. No podía moverme.

Después de esto se fue y me dejó allí solo, no sin antes colocarme una mordaza que yo no había visto nunca. Era de bola, pero con numerosas correas que, como un arnés, me rodeaban la cabeza. No podía quitármela de ninguna manera. Además, la bola era hueca y tenía agujeros, de tal forma que casi de inmediato me puse a babear como un cerdo.

Cuando volvió, al cabo de un rato, yo estaba hecho polvo. Seguía llevando las mismas botas, y nada más, salvo unos guantes cortos de cuero negro. Miró el charco de babas y sonrió. Me acarició el pelo y, sin previo aviso, me soltó una bofetada que casi me hace desmayarme.

No dijo nada. Cogió un consolador, se lo puso a la cintura y, lubricándolo someramente con mi propia saliva, empezó a follar mi culo virgen de forma bastante violenta y dolorosa. Así estuvo un buen rato pero, cuando empezaba a acostumbrarme, paró.

Había decidido, sabedora de que era mi primera vez, someterme a un castigo terrible que afianzara mi masoquismo o acabara con él para siempre. La primera descarga eléctrica sobre mis testículos fue suave, casi una caricia.

Había conectado un electrodo en forma de correa sobre el capullo de mi polla, totalmente erecta en ese momento. Otra correa con terminales conductores se aferró en torno a mis testículos. Por último, un pequeño consolador, también con electrodos, fue introducido en mi ano y sujetado con unas correas.

Fue soltando descarga tras descarta de un modo aleatorio, manejando una especie de caja de mandos. Cada vuelta que daba a los botones me producía un estremecimiento distinto. Era como si me quemaran o me restregaran la piel con cristales molidos.

El dolor era intenso y terrible y ella, desde su posición de control, sonreía contemplando altiva mis gestos de dolor y mis inútiles intentos por liberarme. Sólo era el principio. Pude darme cuenta de que estaba gozando con mi castigo, sin tocarse siquiera.

Podía percibir su aproximación al clímax y sus orgasmos, porque su placer era proporcional a mi dolor. Y a mi placer. Mi sueño se hacía realidad. Allí estaba yo, ridículamente inmovilizado en un cepo, babeando a través de mi mordaza y sometido al dolor más intenso que se pueda desear, viendo gozar a la que ya era la dueña de mi voluntad. Lo que siempre había soñado.

Al cabo de un rato decidió cambiar de tortura. Me quitó la mayor parte de las ligaduras, aunque me dejó puesto en el cepo. Entre el entumecimiento de mi incómoda posición y las descargas, me encontraba como flotando en una nube.

Se puso frente a mí y comenzó a tocarse el sexo, los pechos, para excitarme. ¡Como si pudiera estarlo más! Yo ya no babeaba, hacía rato que mi boca había quedado completamente seca. Ella pareció darse cuenta de ese detalle.

Me quitó la mordaza y, antes de que pudiera decir nada, me introdujo en la boca una enorme y áspera esponja. A continuación la aseguró con gran cantidad de cinta adhesiva ancha, de color negro. Esto debió darle la idea de lo que vino después.

Me liberó del cepo por partes, como si temiera que fuera a salir corriendo. ¡Apenas habría podido arrastrarme! Primero me soltó los pies, que inmediatamente trabó con unas esposas. A continuación, los brazos y la cabeza. En cuestión de un segundo tenía las manos también esposadas, a la espalda.

Recuperar la vertical me produjo horribles dolores en la espalda y las piernas. Ella me dio un beso de consuelo. Me llevó hasta una especie de potro alargado y ancho, como una camilla, forrado de cuero negro y lleno de argollas y demás utensilios. Me sentó allí y, de forma muy meticulosa, comenzó a momificarme con cinta negra.

Poco a poco me cubrió los brazos y el torso, luego todo el tronco. Antes de seguir para abajo, me introdujo un vibrador con púas en el ano y lo dejó funcionando. Luego me recubrió con cinta hasta la punta de los pies. A continuación me puso unos tapones de cera en los oídos y me colocó una máscara de verdugo, de cuero negro, que me tapaba toda la cabeza, salvo la nariz.

Hecho esto, procedió a cubrir con cinta toda mi cabeza, teniendo buen cuidado, eso sí, de dejarme libres las vías respiratorias. Sólo mi polla, tiesa como un palo, quedó al descubierto. Me ayudó a tumbarme sobre el potro y sentí como comenzaba a recubrirme con cuerdas que anudaba a las anillas del instrumento.

En cuestión de minutos mi inmovilidad era total, y también mi aislamiento del mundo. No podía ver, ni oír, ni hablar. Dependía completamente de ella. Estaba en sus manos, la entrega más profunda, el amor. Sentí que manipulaba mi verga. Al principio era suave, delicada. Me producía un enorme placer.

De repente sentí algo raro en los huevos. Una extraña presión. Luego supe que me había colocado una pieza metálica que ella llamaba el "alargador". Era un anillo de acero inoxidable que podía ajustarse alrededor de la base de los testículos y estirarse a voluntad.

Según mi ama tenía varias ventajas: retrasaba la eyaculación, producía en el macho una intensa sensación de sometimiento y, de paso, resultaba bastante doloroso. En esta situación estaba cuando ella se montó sobre mí y comenzó a cabalgarme.

El placer era indescriptible. El "alargador" funcionaba, desde luego. Después de una sesión tan dura yo estaba excitadísimo, a punto de explotar y, sin embargo, la llegada del orgasmo se iba dilatando. Creo que, pese a la mordaza, mis chillidos debían de ser perfectamente audibles.

El placer que sentía ahora era el peor castigo de todos. No sé cuanto duró eso. Ella se corrió unas cuantas veces más, podía notar sus jugos chorreando hacia mis huevos. Luego, con un gesto seco y sin dejar de moverse, soltó el "alargador". Sentí un ramalazo de dolor intenso y, casi seguido, el orgasmo más potente de mi vida.

Tuve la sensación de bombear litros de semen. La cosa no había acabado aún. Noté cómo se levantaba. Se acercó a mi cara y, con unas tijeras, recortó la cinta que cubría mi cabeza. Me quitó la mordaza y me dio un beso profundo, tierno, al que yo correspondí con lágrimas en los ojos. Luego manipuló un momento mi polla y un segundo después vertía dentro de mi boca todo el contenido del condón, que yo tragué golosamente como muestra de agradecimiento.

Me puso de nuevo la mordaza de bola y me dejó allí atado el resto de la noche. No pude dormir, pero no me hizo falta. Mis sueños, ahora, estaban en la realidad.

Relato "Después de Soñar" presentado a concurso por Serpiente Elias.