"LA SUMISA DEL METRO"

Voy a relatar una experiencia ocurrida ya hace varios años. Por aquel entonces yo aún no había despertado al sado y quizá esa experiencia marcó mi iniciación e interés por el tema, ya que desde entonces comencé a tener sueños eróticos de componente sádica.

Ese día aprendí que una escena S/M puede ser terriblemente excitante, mucho más incluso que el sexo normal. Por lo menos en mi caso me puse terriblemente excitado y recordando mi vivencia me masturbé varias veces a lo largo de la noche, muchas veces y parecía que iba a poder estar masturbándome toda la noche una y otra vez sin descanso de cachondísimo que me puse.

Tal vez no lo lean los protagonistas de esta historia, pero por si acaso lo leyeran, les doy mis más sinceras gracias por el espectáculo visual que me ofrecieron y por haberme enganchado en el mundo S/M, pues repito que, desde entonces, empecé a leer cosas sobre sado, a investigar y a sentirme atraído por el mundillo sadomaso.

Ocurrió un 13 de Junio, nunca olvidaré el día. Era tarde y estaba a punto de cerrar el metro y aquel debía ser uno de los últimos convoyes que circulaban esa noche. Ocurrió en el metro de Madrid, en la que actualmente es la línea azul. Es una suerte que esa línea de metro sea muy larga y tenga muchas estaciones y paradas. Caso contrario igual no hubiera sido posible mi gratificante experiencia.

Yo volvía a casa y en el vagón no quedaban ni cinco personas. Llegamos a una estación y se bajaron los últimos viajeros a excepción de una pareja y un jovencito inexperto como era yo entonces. Quizá por quedarnos solos, me fijé más en esa pareja que en circunstancias normales. Me llamó la atención que la mujer fuera de pie pues todos los asientos estaban vacíos menos el mío. Ahora comprendo que su Amo la obligaba a ir de pie en contra de su voluntad.

En cuanto salimos de la estación y nos adentramos un poco en el túnel, la mujer se inclinó hacia el hombre que la cuchicheó algo al oído. Ella asintió con la cabeza y se puso a pasear a lo largo del vagón, exhibiéndose como lo haría una modelo que avanza por la pasarela. Vestía un vestido ceñido, de color azul casi negro, de noche, como si volvieran de una fiesta; en bandolera llevaba un bolso minúsculo y su vestido era muy cortito y muy ceñido, quizá más que muchas minifaldas actuales.

Para mí supuso una delicia ver pasear ante mí aquel par de piernas, aquel trasero oscilante y aquel cuerpo sensacional. Ella disimulaba sin duda y yo en principio no me di cuenta que la primera orden del Amo había sido exhibirse para captar mi atención. Yo, inocente de mí, creí que se paseaba porque estaría con ganas de moverse o estaría cansada de ir sentada.

Al aproximarnos a una nueva estación, ella volvió a acercarse al hombre y quedó a la espera a ver si subía alguien. No subió nadie. Nuevamente arrancó el convoy y él la dirigió otro cuchicheo. La mujer se puso roja como un tomate, a consecuencia de la vergüenza de la orden. Me sorprendió su cara tan roja.

Dio un par de pasos hacia mí, hasta quedar equidistante del señor y de mí. Entonces, con lentitud, sin mirarme a la cara, se levantó el vestido y se bajó las bragas hasta los tobillos, se las quitó y volvió a bajarse el vestido, dirigiéndose nuevamente hacia su acompañante al que entregó las bragas.

Su pareja, cogió las bragas, las acercó a su nariz como para oler su aroma y luego las extendió con dos dedos para mostrármelas. Aquello empezó a producirme dos sensaciones muy distintas. Por un lado yo era muy tímido y me entró una vergüenza enorme y una desazón como de temor. Estaría por apostar que a lo mejor estaba yo más avergonzado que ella.

Por otro lado, la fugaz visión de esa mata de pelo, esos muslos impresionantes y parte de su trasero, me hicieron excitarme como jamás lo había hecho nunca. Nuevamente hubo una interrupción al aproximarnos a otra estación. Tuve mala suerte, montó una pareja y ella se quedó quieta y él no le dio ninguna orden. Yo trataba de disimular mirando a otro lado y ellos guardaron silencio.

Dos estaciones después, la pareja que había entrado se bajó y nuevamente se puso el tren en marcha. Entonces ella se arrodilló junto a su compañero y él la colocó sobre la cabeza las bragas, a modo de gorrito, tapándola los ojos y la nariz. Un nuevo cuchicheo hizo que ella se incorporara y, con las bragas en la cabeza, se volviera a pasear a lo largo del vagón.

Al pasar frente a mí, pude ver sus ojos a través del encaje de la tela de las braguitas y vi que estaba más roja que antes. Yo estaba tan avergonzado, no sé por qué, que no sabía donde mirar ni donde meterme. Si no hubiera tenido aquel bulto terrible en mis pantalones me habría levantado y habría salido de allí corriendo a toda velocidad. Pero me daba corte levantarme con aquel bulto entre las piernas.

Ella hizo su recorrido y volvió al lado de su compañero, con el tiempo justo de quitarse las bragas de la cabeza por estar entrando de nuevo en otra estación. Por la forma de mirar con insistencia hacia el anden, imaginé que la mujer estaba rogando mentalmente que volviera a entrar alguien. Tampoco entró nadie esta vez.

En cuanto se cerraron las puertas, sin esperar siquiera a entrar en la oscuridad del túnel, el individuo la agarró por el brazo, la colocó sobre sus rodillas, la levantó el vestido y dejando su hermoso trasero al aire, empezó a darla unos azotes con la mano abierta. No puedo precisar la cantidad de azotes, pero el castigo duró hasta llegar de nuevo a otra estación. Nuevamente se incorporó, se bajó la falda a toda velocidad, y esperó a que entrase alguien, cosa que no sucedió.

Al arrancar, hubo un nuevo cuchicheo entre ellos y entonces ella, se aproximó a mí sin atrever a mirarme a la cara, me dio la espalda y se levantó el vestido para mostrarme su trasero coloradito y desnudo. Yo no pude soportarlo y me levanté, me aproximé a la puerta y escapé de allí por timidez y por vergüenza.

Cada vez que lo pienso me doy cuenta de lo idiota que fui. Faltaban otras dos estaciones para el final de la línea y casi nunca monta nadie en esas estaciones y menos a esas horas de la madrugada. Cuando se cerraron las puertas y se puso el tren en marcha, todavía pude ver como delante de mis ojos, la mujer se bajaba el vestido por los hombros y me enseñaba una visión fugaz de unos pechos maravillosos, sin sujetador.

Miré hacia el hombre y mi último recuerdo es que se reía y se despedía de mí agitando las braguitas como si se estuviera despidiendo con un pañuelo. Acto seguido el tren se sumergió en las profundidades tenebrosas del túnel y nunca más volví a verlos pese a empezar a frecuentar el metro a esas horas por si se repetía el espectáculo.

Nunca he contado esta experiencia a nadie, porque soy tímido y me molesta relatar lo que me excitó aquello. Pero lo cierto es que me he arrepentido cientos de veces de haberme bajado de aquel vagón. ¡Quién sabe cómo hubiera terminado aquello!. A buen seguro hubiera seguido viendo cosas interesantísimas y, ¿quién sabe?. A lo mejor hasta el hombre me habría invitado a irme con ellos a seguir la "fiestecita" en otro lugar, tal vez me la hubiera podido tirar, o quizás acariciar ese trasero enrojecido.

Es algo que no sabré nunca, pero me queda el recuerdo de aquella escena tan excitante y tantas veces rememorada. Cualquiera pensaría que de tanto recordarla ya me deja frío, pero sucede todo lo contrario. Por miles de veces que la recuerde, de pensarlo ya se me pone morcillota y no digo nada de las masturbaciones que me monto imaginando lo que me perdí en las estaciones que quedaban, lo que harían cuando yo me fui, etc.

Me he animado a relatar esta experiencia en parte para compartirla y en parte por si aquella pareja leyera esto y agradecerles mi iniciación como voyeur y mi iniciación en el sado. Actualmente no tengo pareja fija ni menos esclava fija, pero ya he tenido un par de encuentros con una mujer sumisa y estoy deseando probar el poner en practica esta experiencia con ella.

Es fácil, se coge un jovencito con pinta de pardillo como yo debía tener y se le pone cachondo perdido exhibiendo a la esclava. Quizá la historia se repita y con el paso de los años ese jovencito exhiba a su esclava ante un nuevo jovencito y se vaya extendiendo la semilla del sadomasoquismo. Sería muy gratificante que así ocurriera y que un nuevo adepto se sumara al S/M.

Ya os contaré mis avances en este sentido con mi esclava actual, aunque ya digo que llevará un largo proceso de adiestramiento previo hasta conseguir que se someta voluntariamente a tan gran humillación.

Por mi parte, invito a otros lectores a que relaten sus experiencias de iniciación al sado. Con que sus historias sean la mitad de excitantes que a mí me parece la mía, creo que todos ganaremos. Tenéis mucha razón al decir que debemos comunicarnos y sacar a la luz y compartir nuestras vivencias.

Un saludo del iniciado en el Metro de Madrid.